La doña no hablaba, o nosotros no entendíamos porque maldiciones si echaba. Era abuela de muchos, unos malandros, otros borrachos, otros galanes de esquina, una de las chiquillas que me pedia darle la mano cuándo ibamos a cruzar la calle tambien era su nieta. Eramos dos muñecas enpolvadas, con el cabello revuelto, que jugaban a contar los bochos que pasaban. ¡Vieja loca!, se reian los niños sin ojos de la esquina. Mi barrio era horrible, pero todos los barrios se conforman así.
Las abuelas gritan mucho, en el temor de que les olviden, cuanto más grande la familia más grande el temor. Los hombres beben mucho, entre más poco ganan más rapido se acaban la plata, y las mujeres, bueno ahí en su lucha cada una, solas en el lavadero, solas hasta convertirse en la abuela que sabe mucho pero nadie escucha, en casas angostas de adobes remojados. Es espantosa la vejez, no sé si nos da miedo o pasa como con todo lo que no entendemos, dejamos de verlo para que pase pronto.
El cariz de la doña era emerger en un poema, pero no hay justicia para describir lo que ya no se es. Una vez fue al banco y le dieron una suma que pagaba el cheque verde. Se compró un vestido, ya no lo tenía pero se soñaba usandolo en una navidad rodeada de gente. De eso hablaba y del rancho con su rio de agua transparente, del viejo que no conoci, que murio joven y que fue padre de la veintena.
La vejez tiñe todo de amargura.
Ahora me sentaria con ella y le pondria tangos, y no los espantosos boleros misoginos que tarareaba.
Ella contaba de la niñez de una hija, santa, martir, dulce. Tenia nombre pero no empataba con ninguna de las que conoci. Ella contaba de la niñez de otras del barrio, ingratas con sus madres, que con sus sueldos de maestras no les traen ni el diario a los viejos.
Los conceptos que yo no podia asociar en mi mente, como niña no habia visto ni uno ni otro. Le miraba nomas y eso parecia bastarle, parecia calmarle. Otro de los sueños frustrados, dijo una tarde; quería una habitacion bien iluminada pero apenas había un ventanuco donde el gato dormía la siesta eternamente. El gato eran seis gatos, diez gatos, la calle estaba llena de esos cuerpos flojos. Los niños sin ojos no siempre se reian, a veces tambien se acercaban a ver que echaban en el televisor.
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