La doña no hablaba, o nosotros no entendíamos porque maldiciones si echaba. Era abuela de muchos, unos malandros, otros borrachos, otros galanes de esquina, una de las chiquillas que me pedia darle la mano cuándo ibamos a cruzar la calle tambien era su nieta. Eramos dos muñecas enpolvadas, con el cabello revuelto, que jugaban a contar los bochos que pasaban. ¡Vieja loca!, se reian los niños sin ojos de la esquina. Mi barrio era horrible, pero todos los barrios se conforman así. Las abuelas gritan mucho, en el temor de que les olviden, cuanto más grande la familia más grande el temor. Los hombres beben mucho, entre más poco ganan más rapido se acaban la plata, y las mujeres, bueno ahí en su lucha cada una, solas en el lavadero, solas hasta convertirse en la abuela que sabe mucho pero nadie escucha, en casas angostas de adobes remojados. Es espantosa la vejez, no sé si nos da miedo o pasa como con todo lo que no entendemos, dejamos de verlo para que pase pronto. El cariz...