Llegó al cuarto de hotel encaprichado y yo nerviosa andando en una calle desconocida. Esas calles empedradas me recuerdan los laberintos que de ven en ciudades como Parral, cuando uno es chico todas las travesuras que valen la pena se hacen en callejoncitos de esos. Cuando llegué a la habitacion doscientos once, las flores se tragaron una aspirina, saludaron a mis amigas, se probaron las gafas de sol, descansaron seis horas frente al televisor, frente a un mar furioso. ¿Cómo supe que la bobería venía de usted?
Salí y estaban los chicos elegantes, vestidos de frac con sus mandiles de masoneria en la maleta, con cheques de viajero en la cartera y uno miraba mi escote sin disimulo. Me abrí paso en la línea de más sol para tener a raya el invierno, llamé a mi papá como en los viejos tiempos. Otras tres horas y el sol se ocultó. Me adentré en un antro, vulgares heteros, vulgares mujeres entregadas al vomito, al maquillaje, a la fantasía de bajarle el galan a su amiga, a jugar con el ritmo de la música, ¿Tú también has tocado tambores imaginarios?, por el rabillo del ojo vi que estaban él y sus amigos montando una mesa. Esa parte de la tradición oral es lo que mas me gusta de México murmuró, él sostenía a una chica y su dosis de caballo, no iba con él aclaró, se acercó a mí y me llevo a bailar. Sus senos son mas lindos que las flores, rosaditos, duros como limoncitos, yo lo sé, pensé. Puro murmullo, pura bobada. El llegó al taxi seguro de que los excesos tenian remedio.
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