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fragmento de diario

En punto de las siete salí de mi casa con una mochila verde al hombro, iba a una comunidad al noroeste. Un auto de medio millón de pesos debía trasladarme pero ese día no tuve chofer. Me despidió papá en un paradero de buses, subí al autobus y saqué un libro (la odisea si la memoria no me falla) de la mochila lo acomodé encima de mis piernas y continue las aventuras del héroe. Un momento cerré los ojos, tenía sueño, tenía ganas de volver a recorrer tus besos sobre mi cuello, pero el dolor se encendia, abrasaba como el sol más potente, esos besos viajaban en moto en un lugar recondito, con niebla y con mapas de Edimburgo. Se me apagó la sonrisa. En el asiento del frente un chavalo alto, moreno me miraba con el interes suficiente para que me diera cuenta, fantaseé con que fuera agradable y era tal mi deseo que cuando me empezo a hablar empecé a contestar preguntas y dijo que estaba lista para casarme, tamaño imbécil, no tenia ni una pizca de humildad. Se presentó como un médico, el más inteligente de su clase, dijo que aspiraba a la especialidad en cardiología y que yo debia inscribirme sin dilacion a la maestría. Empecé a fantasear entonces con las botas esas de gamuza color plata que me iba a comprar a fin de mes, le pregunté cuál era su libro favorito y no me resulto ninguna sorpresa que dijera solo leía libros de la carrera. 
El viaje resultó aburrido, eterno porque entre sus frases torpes y los galanteos presuntuosos yo pensaba en tu conversación, en tu generosidad para explicarme de pueblos, de culturas indigenas, de ritos, de religiones de oriente, y tus defectos. Los recuerdos eran el equivalente al cansancio de haber hecho el viaje caminando. 
No recuerdo su nombre pero se describió como poco jovial, nada romántico, amante de las lociones, excelente cocinero y pidio mi número porque conocía a tres gentes en la ciudad y quería hacer amigos.
Poco antes de llegar a mi destino, el chavalo que cada vez estaba más cerca de mi asiento y mis piernas, no sé que película se estaba montando que trato de tomarme la mano y me dijo que íbamos a pasear por los campos y una colonia mormona, me reí, quite su mano con un gesto de molestia. Insistió que mi trabajo era una nadería que lo importante era el paseo porque era un recorrido de muchas horas, desde luego que la insolencia sorprende. Tomó mi libro cuando me iba a bajar, ¿si me lo cambias por un beso chaparrita?
No hay expresión que me resulte de más pésimo gusto. Escribí que estaba tan molesta cuando le dije que tenía muchas cosas que hacer, que se disculpo por retener el libro y pidio que no pensara mal de él. No sé qué bueno podía pensar. 
Era la misma melancolía la que me acompañó de regreso a mi casa, notar las hojas de los árboles, la tierra tan viva anidando frutos. La histérica no pudo consolarse con la foto que llevaba guardada en el libro, me sentí vulnerable como al quitarme el anillo que me habías regalado. tenía que olvidar esa historia como los puntos resolutivos que había ido a recoger al juzgado. Esa parte ya la había perdido y sentí lagrimas sobre mis labios.

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