Mi tía especula sobre mí, con generalidades lleva información a esa rama de la familia amante de los bizcochos, el cafecito después de dejar a los plebes en la escuela.
Palabras de la tía.
«Esa hija de la mala vida tiene tatuado el llanto y tiene pasos seguros en infiernos tentativos.»
«Esa hija del silencio no será el destino de un buen muchacho sino de un pendenciero.»
«Ya se le ve lo corriente, lo raterilla, va a acabar en el prostíbulo de Malucha, personaje entrañable que vende limpias y sirve en el altar la misma semana, la has de recordar si eres de Parral. Si por suerte no está destinada al fracaso, se verá en dos años como si tuviera treinta ».
«Pero tía no cree que deberíamos ser lenguas aliadas nosotros que somos su familia», dijo mi primo el que quiere conmigo.
«Pues no me gusta denigrar a nadie pero repruebo su moral», dijo mi tía que no sabe nada de identidad. No tiene que tolerar, no tiene que compadecer, al menos no siento que me debe nada.
Es probable que yo sea más inteligente que ella solo por estar en una generación con el privilegio de la tecnología, y los torrentes de información a que tengo acceso, es seguro que yo tengo un aire rebelde porque si no me gusta el abuso lo digo, porque si no me intimida su discurso mamón también lo digo, empiezo a vivir tengo más malicia que la infeliz que aguanto un borracho maltratador toda la vida, yo prefiero esta otra cara de la mujer satanizada, la que puede elegir.
«Pobre madre» dice mi tía, de la madre mía. «Pobre muchachita» escupe con desprecio, gira en mi cabeza la misma sensación que me hizo guardar el revolver bajo la almohada.
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