Nueva normalidad, un termino tan solemne para los días de encierro, me ha obligado a pesquisar si la vida de antes era verdaderamente normal.
Nos fuimos acostumbrando a las comodidades y siempre siendo atraídos por una orgullosa creencia de que la ciencia nos volvería seres inmortales (la contemporánea religión), no es más que aquella perenne obsesión irradiada por ambición y locura, que lleva el peso de estas pseudo incertidumbres, aterrando a nuestra fragilidad febrilmente, sin embargo, siempre estaremos escapando con una leve esperanza voraz.
Nuestras estructuras conceptuales nos inquietan tanto, porque los días insisten en seguir siendo dirigidos por los avatares de la vida.
La desconfianza de una inesperada alerta sanitaria desde sus inicios, fue un color que no coincide con nuestro espectro de naturaleza, seguimos apenas al ritmo del tiempo y ahora todo se resumen a un circuito de enormes inseguridades, que se abalanza hacia un espacio de cuatro paredes llevando el "afuera" hacia adentro, en donde encontramos una dimensión que recorremos infinitamente y que también, nos hace pensar que no hay nada más habitando en el mundo , porque nos apropiamos de los cuerpos y los deseos de los demás animales, aprovechar esta coyuntura es bueno, para comenzar a regenerar nuestra relación con otros seres vivos y reparar las crisis ecológicas que atañen a nuestros muy posibles reincidentes destinos.
Así que, lo que supone el fin de una catástrofe, podría conducirnos al inicio de una valiosa experiencia catártica dentro de esta psicoesfera.

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