Son cien años y sus pies de barro se están desgastando. Era indio, era bandido de esos que asaltaban los trenes, era villista y luego lopezobradorista. Anduvo a caballo y en Ford sesenta y cuatro. Era ebanista, bohemio, jugador de cartas y pendenciero. Pateo caminos y puentes de piedra y creció en pueblos sin electricidad, sin libros, sin profes, anduvo tapado con mantas y decía que nada abriga como la luna en verano.
Le hizo el amor a mujeres sin operaciones, sin perfumes ni máscaras, sin voz.
Sus labios calcularon el dolor y sus manos lo acumularon, sus ojos tomaron briznas de licor, se encendían, contaban los veranos pasar, y cien inviernos anidaron en ellos.
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